No me parece útil darle alas a ninguna supuesta guerra generacional en la que haga un recuento de aquello en lo que me parece que mi generación (la boomer) estaba significativamente peor que la generación actual. O al revés, en qué cosas estábamos mucho mejor. Hay de ambas. Se ha hecho un tabú mencionarlo, como si discutir siquiera qué se ha ganado y qué se ha perdido fuera de por sí un pecado de melancolía o, peor aún, de reaccionarismo. Se me permite compararme con mis padres o abuelos, pero no con mis hijos. Y a los hijos apenas se les puede contradecir. Los jóvenes están rabiosos, nos dicen los analistas, porque añoran un pasado que nunca existió, un pasado dorado en el que se supone que todo era mejor y más fácil. Ni que decir que tal pasado dorado no existió nunca tal como lo imaginan. Lo material, si nos atenemos a los datos, no va tan mal o, al menos, no va peor en todos los indicadores, en algunos va mejor que hace años, en otros va claramente peor, como en la cuestión de la vivienda. Pero cada generación lidia con sus propias precariedades y carencias, aunque estas son socialmente manejadas y percibidas de maneras muy diferentes.
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