EL DERECHO AL ABORTO A LA CONSTITUCIÓN

Publicado en eldiario.es el 3 de octubre de 2014


La semana pasada fue la de la alegría. Las mujeres celebramos la victoria sobre la infame “ley Gallardón” el mismo día que se celebraba en todo el mundo el Día Internacional por el Derecho al aborto. Aquí hemos conseguido por el momento parar la ley. En muchos países las mujeres pobres –jamás las ricas- pagan con sus vidas cualquier intento de hacerse dueñas de sus propios cuerpos, de su sexualidad, de su dignidad y libertad. Sabemos, no obstante, que el peligro no ha pasado porque la ley sigue en un Tribunal Constitucional nada objetivo y en manos del PP. También sabemos que la derecha moral ha convertido el derecho al aborto, en todo el mundo, en el enemigo a batir. Esto es así porque en el derecho al aborto se dirime la (des)igual ciudadanía de las mujeres. El empeño mundial contra este derecho no tiene que ver con ningún asesinato, sino con el control del cuerpo y la sexualidad de las mujeres, con el poder de los hombres, con los roles de género dentro y fuera de la familia, asuntos estos que generan una enorme tensión política, no hay más que ver lo que ocurre con la violencia de género o con la desconfianza hacia el feminismo.

CAMBIAR EUROPA HACIENDO OTRA POLÍTICA

Publicado en Público el 4 de febrero de 2014


Ya sabemos dónde estamos: en un momento en el que se ha producido un cambio radical en las condiciones del contrato social simbólico que ciudadanía europea, élites económicas y poder político habían firmado después de la II Gran Guerra.

CERTEZA DE LA CORRUPCIÓN

Publicado el 8 de febrero de 2014


Aunque el paro es la primera preocupación de los españoles (y es normal, tiene que ver con poder comer) la corrupción se ha convertido en su principal certeza, muy por delante de cualquier otra fe compartida. El 95% de los españoles cree que la corrupción es generalizada. Y que el 95% lo crea significa que lo creen los hombres y las mujeres, las amas de casa y los parados, las adolescentes y los disc-jockeys, los médicos y los empresarios, las funcionarias y los albañiles. Creemos en la generalización de la corrupción mucho más que en dios, en la patria o en la familia, entes difusos o invisibles. La corrupción no se imagina, se ve, se palpa, la leemos en los periódicos bien como asuntos judiciales o bien cómo loterías que siempre tocan a los mismos; o bien en forma de mansiones que se compran o se edifican alcaldes de pueblo, ex políticos  o empresarios que dejan de pagar los salarios a sus trabajadores. La corrupción la vemos –o la olemos- en cada recalificación, en cada presupuesto, en cada prejubilación fastuosa, en todas las pensiones millonarias; la corrupción la imaginamos en todos los consejos de administración, en el deporte y en la política, en las empresas y en las obras públicas y privadas.

CON EL TREN DE LA LIBERTAD, POR NUESTRA LIBERTAD

Publicado el 19 de enero de 2014


El día 1 de febrero llegará a Madrid el Tren de la Libertad, fletado por una asociación feminista de Pola de Laviana con la intención de protestar contra la ley de aborto que prepara Gallardón. Lo que en un principio era un tren lleno de feministas se ha convertido en trenes, aviones y autobuses. El tren que fletaron las compañeras asturianas pronto se quedó pequeño y enseguida comenzaron a llenarse trenes de otras partes de España. Muy pronto se prepararon trenes desde Andalucía, Castilla, Extremadura o Cataluña.  Miles de mujeres vienen a Madrid el 1 de febrero para entregarle al Ministro de Justicia un sencillo manifiesto en el que le decimos que nos negamos a ser consideradas menores de edad, y que también nos negamos a alegar ningún tipo de trastorno psiquiátrico o psicológico para poder ejercer el derecho a tomar una decisión tan vital como es la de interrumpir un embarazo. En Madrid estaremos esperándolas en la estación de Atocha para fundirnos todas en una marea violeta que va a poner rumbo al Congreso de los Diputados, donde queremos entregar una carta exigiendo la retirada de este anteproyecto y que se mantenga la actual ley.

CONSTRUYENDO UN DISCURSO ANTIMATERNAL

 

CONSTRUYENDO UN DISCURSO ANTIMATERNAL

13/02/2014

Señora Milton

El otro día, en la penumbra de una reunión nocturna, hablando de esas cosas que no suelen mencionarse a plena luz del día, varias amigas terminamos hablando con franqueza absoluta de la maternidad. Y tras la charla, fuimos varias también las que acabamos coincidiendo en que al feminismo le queda mucho por decir acerca de la maternidad, aun cuando se pudiera pensar que ya lo ha dicho todo; al fin y al cabo, la maternidad es uno de sus temas de siempre. Pudimos constatar que, a pesar de que la maternidad ha sido estudiada, analizada y cuestionada, y que la reivindicación de los derechos reproductivos es una constante dentro del feminismo, no hay propiamente dentro de éste un discurso claramente antimaternal.

Aunque la maternidad aparentemente haya cambiado mucho de aspecto, tenemos derecho a preguntarnos si este cambio ha sido algo más que un simple modernizarse para seguir siendo, en el fondo, un discurso prescriptivo que pretende seguir manteniendo plenamente operativo el eterno binomio mujer-madre, aunque ahora se trate de una mujer moderna y una madre también moderna. El feminismo, en mi opinión, tiende a ignorar la naturaleza compulsiva de la maternidad y a quitar importancia a su papel en la comprensión de la discriminación estructural e ideológica de las mujeres. El tabú que se cierne sobre cualquier discurso antimaternal dentro del feminismo no hace sino evidenciar el carácter conflictivo de una cuestión que no sólo afecta a la configuración de la identidad de las mujeres sino al mantenimiento mismo del orden social en su conjunto.

No puede ser que de una experiencia humana con esa capacidad tan poderosa para cambiar la vida de cualquier mujer no existan apenas discursos negativos, aunque sólo sea por pluralidad

Durante la mayor parte de su historia moderna, el principal objetivo del feminismo ha sido por una parte defender una condición maternal compatible con la vida (en el sentido más literal), o bien, en los países ricos, defender una organización maternal que permita ser madre sin dejar de ser igual. Y siendo estas dos preocupaciones lógicas y justas, eso no quiere decir que se deban sofocar otras posibilidades de pensar la maternidad. En general, salvo excepciones, son pocas las voces que han formulado discursos contrarios a una cuestión que, simplemente, se asume como lo normal, natural, inevitable, incuestionable, etc. Casi todas las posiciones feministas acerca de la maternidad parten, en todo caso, de la posición que da por hecho y no cuestiona, ni política ni vitalmente, que la mayoría de las mujeres del planeta quieren ser madres y que, en todo caso, ser madre es algo bueno.

No se trata aquí de opinar si la maternidad es buena o mala, sino simplemente de llamar la atención sobre el hecho de que estamos ante una institución tan inscrita en nuestra organización social y en nuestra subjetividad que no admite ni un sólo discurso contrario, aun cuando fuera minoritario. No puede ser que de una experiencia humana con esa capacidad tan poderosa para cambiar la vida de cualquier mujer no existan apenas discursos negativos, aunque sólo sea porque la pluralidad de puntos de vista es lo esperable siempre ante cualquier asunto complejo. Y sin embargo, aquí no hay diferentes puntos de vista o los puntos de vista negativos no se hacen visibles. Lo cierto es que no existe ninguna otra institución social que goce de ese mismo índice de aceptación y ausencia de crítica; y esto tiene que dar que pensar. Es cierto que cuando hablamos del derecho al aborto o de los derechos reproductivos, estamos asumiendo que esto incluye el derecho a no tener ningún hijo, pero se trata de algo que queda implícito, que se supone, pero no es un derecho que se explicite y mucho menos que se visibilice culturalmente no sólo en pie de igualdad, sino siquiera con algún rasgo positivo, como discurso alternativo a los discursos maternales hegemónicos.

Porque la cuestión es: ¿Se puede verdaderamente elegir algo cuando una de las dos opciones es prácticamente un tabú social, científico, político, etc.? Lo cierto es que las mujeres hacen sus elecciones acerca de la maternidad en un contexto coercitivo acerca no sólo de no tener hijos sino especialmente de tener acceso a las ventajas o a la felicidad que puede proporcionar no tenerlos, así como a la ignorancia de los problemas, las desventajas o la infelicidad que puede proporcionar tenerlos. Cualquier posición, política o personal, contraria al discurso maternalista recibe una sanción social, económica o psicológica brutal. Es en este sentido de falta de alternativas en el que el discurso promaternal es totalitario.

No ser madre es una elección personal al alcance de muy pocas mujeres en el mundo y se sigue llevando con discreción y sanciones sociales. Hay otra cuestión aún más prohibida: la de ser madre y arrepentirse

El único discurso negativo sobre la maternidad que se permite es el de la mala madre, la madre perversa, la que no quiere a sus hijos/as, la que los maltrata. Y el discurso sobre la mala madre no sirve sino para potenciar y prescribir un tipo de maternidad, precisamente la contraria, la que ejerce la buena madre. Porque la mala madre es la peor imagen que cualquier cultura reserva para algunas mujeres, las peores; nadie quiere ocupar ese lugar. Una puede asumir desde el feminismo, e incluso defender transgresoramente, que es una mala esposa, mala compañera, mala hija, mala amante, mala trabajadora, mala mujer, mala en general (Las mujeres buenas van al cielo, pero las malas van a todas partes), pero… ¿mala madre? Que la idea nos resulte tan personalmente devastadora es síntoma de lo absolutamente férreo que es el control sobre la maternidad y, por ende, sobre las mujeres. Ser mala madre es casi lo peor que una mujer puede ser.

No ser madre es una elección personal al alcance de muy pocas mujeres en el mundo y se sigue llevando con discreción, casi en soledad, y sobre la que siguen recayendo sanciones sociales. La no-madre se pasará la vida contestando a preguntas que dan por hecho que lo normal es elegir ser madre. Pero aun cuando ese margen de elección sea muy estrecho, hay otra cuestión aún más prohibida: la de ser madre y arrepentirse. Existen múltiples barreras psicológicas y sociales para poder expresar algo como eso, para poder expresárselo incluso a una misma. La madre que lo es y se arrepiente de esa elección jamás lo confesará. Reconocerse arrepentida de la maternidad es lo mismo que reconocer que no se quiere a los hijos, o que no se les quiere lo bastante y ahí, de nuevo se entra en la categoría de mala madre. Y sin embargo, la maternidad es una experiencia tan determinante en la vida de cualquier mujer que, por supuesto, cabe la posibilidad de arrepentirse o de pensar que de haber conocido lo que verdaderamente significaba ser madre, se hubiera escogido no serlo. Y esto puede pensarse aún incluso queriendo a los propios hijos, o queriéndoles mucho, no es contradictorio.

El amor maternal se supone siempre y en todo caso incondicional; el amor paternal ni existe como categoría

Porque, además, ¿es obligatorio querer a los hijos? ¿Hay una medida de amor mínimo obligatorio? La maternidad exige que se les quiera siempre por encima de todo: por encima de una misma sobre todo; el amor maternal se supone siempre y en todo caso incondicional, esa es una de sus principales características. En realidad, eso es lo que define la maternidad. Sin embargo, el amor del padre se supone mucho menos incondicional; de hecho, no existe el amor paternal como categoría. Los padres suelen querer a sus hijos, sí, pero sin que este amor esté categorizado como absoluto, como extremadamente generoso o incondicional. Más bien parece que cada padre quiere a sus hijos/as como puede o como quiere. El amor maternal, en cambio, no admite matices.

Y podemos incluso ir más allá: puede no quererse a los propios hijos y no ser un monstruo. Los hijos se tienen en la completa ignorancia; nadie sabe cómo será cuando lleguen e invadan la vida para siempre, aun cuando todo esté lleno de imágenes positivas, casi celestiales, del estado maternal. Y aun así, la desilusión, o el encontrarse con sentimientos que no son los esperados no es tan infrecuente como se podría suponer: las depresiones que sufren las madres en mayor medida que otras mujeres y que los hombres pueden entenderse como un síntoma de algo inexpresado e inexpresable. Es conocido que, en contra de lo que el mito de la maternidad expande, hay muchas madres que necesitan tiempo para querer a sus bebés y para adecuarse a una nueva vida para la que nadie nos ha preparado. Por otras razones es perfectamente posible que una se separe emocionalmente de sus hijos/as cuando estos se hacen adultos. A los hijos no se les quiere por instinto, tal cosa no existe. A los hijos se les suele querer, sí, pero a veces no tan rápido como nos dicen; a veces no tanto como se nos supone; a veces también el amor cambia y se debilita con el tiempo y, finalmente, a veces, aun queriéndoles mucho, es posible pensar en que la vida hubiera sido mejor si hubiéramos tomado la decisión de no tenerlos; si alguien nos hubiera explicado de verdad lo que significan, si hubiésemos tenido acceso a una pluralidad de discursos y no a uno sólo. Y todos estos sentimientos, perfectamente humanos y tan normales como los opuestos, no convierten a estas mujeres en malas personas, ni en subhumanas. Pero no encontraremos ningún discurso, ningún personaje, ninguna historia, que ofrezca no ya imágenes positivas, sino siquiera neutras de ninguna mujer así.

Por el contrario, ya sabemos que existen múltiples discursos y condicionamientos que conducen a ensalzar la maternidad y sabemos que esos discursos promaternales se dan desde todos los espacios ideológicos, no sólo desde los espacios conservadores. Además de los discursos promaternales propios del sexismo, lo cierto es que periódicamente y desde espacios ideológicos feministas aparecen discursos promaternales que ofrecen, supuestamente, nuevas visiones de la maternidad que terminan siendo la de siempre: visiones místicas y voluntaristas en las que se pretende despojar a la maternidad de sus antiguos significados simplemente porque se desea. De hecho, es posible que el discurso mayoritario en este momento dentro del feminismo sea el de una neomaternidad romantizada que en realidad no ha existido nunca antes, pero que se presenta como una recuperación de lo antiguo y de lo más natural. Muchas feministas descubren ahora el placer de la maternidad y lo hacen como si fuese algo novedoso, como si no lleváramos cientos de miles de años siendo madres. Todo se vende con el frescor y el aroma de lo nuevo: el parto natural, la lactancia y los placeres de la maternidad intensiva reaparecen en todos los ambientes y lo hacen con la fuerza de la conversión. Además, se presentan nuevas situaciones como las maternidades lesbianas o las maternidades mediante técnicas de inseminación como actos de rebelión contra el patriarcado, dejando a un lado lo que tienen de empeño consumista de adscripción capitalista, además de confirmar más que disentir, del rol maternal tradicional.

Cualquier discurso oculto tiene algo que merece la pena llevar a la luz; en este caso entender por qué no se (re)presenta la no maternidad como una alternativa igual de enriquecedora que la otra. Por eso creo que debemos reflexionar más sobre una institución maternal inscrita ahora en el consumo de masas y en el esencialismo naturalista; debemos reclamar, como poco, un espacio de reflexión sobre la antimaternidad. Y más aún porque nos encontramos en un momento en el que el discurso dominante se está reforzando al redefinir la maternidad a través de discursos que parecen menos patriarcales pero que no ponen en cuestión lo fundamental: que el hecho de que la mujer pueda tener hijos no explica ni justifica que quiera tenerlos; ni tampoco que tenerlos sea bueno, mejor o siquiera apetecible.

EL ECLIPSE ERA POLÍTICO

Imagino a las comentaristas de derechas diciendo: “¡Ahora resulta que hasta el eclipse es woke!” O bien: “¡La atención al eclipse es cosa de...