LA SANIDAD PÚBLICA NO FUNCIONA

Publicado en El Plural el 5 de julio de 2014


Desgraciadamente la sanidad pública ya no funciona y es sólo un reflejo de la magnífica sanidad que fue. En Madrid, al menos, no funciona y, por lo que sé, en otras comunidades gobernadas por el PP tampoco.  En las que gobierna la izquierda funciona mejor pero se resiente también de tantas privatizaciones encubiertas y, sobre todo, del recorte en inversión. “Recortaré todo menos sanidad y educación”, dijo Rajoy. Mentiroso.  En 2 años de Gobierno del PP hay 24.00 profesores menos y 28.500 médicos y enfermeros/as menos. En la sanidad la cuestión se vuelve dramática. La marea blanca ha conseguido éxitos parciales en Madrid, pero nada de esto va a detener la voluntad del gobierno del PP de venderla. Y, en todo caso, la realidad es que ya no funciona y que resultará muy difícil volver a su anterior carácter de universal y gratuita.

LA SAL Y LA HEZ DE LA TIERRA

Publicado en El Plural el 19 de abril de 2014

Claro que hay dos Españas. Este es un país que ha estado casi siempre partido en dos, no en dos mitades, sino simplemente en dos partes, la de arriba –pequeña- y la de abajo, -muy grande. Igual que el mundo, se me podría decir, y es cierto: el mundo se divide entre los que tienen –muy pocos- y los que no; entre los que tienen todo y los que no tienen nada. Lo que ocurría hasta ahora es que ese avance civilizatorio que ha significado el Estado del bienestar logró, en algunos –pocos- países, hacer que la pirámide dejara de ser tal, que hubiera poca gente sin nada, que aumentara el número de gente que tenía lo suficiente y que, sobre todo, aumentara el número de niños que tenían acceso a una buena educación, lo que les abría un mundo de posibilidades. Y logró, y es muy importante, que la gente fuera consciente de que tener una vida digna es posible y es un derecho. No obstante, en España nunca hemos tenido un estado del bienestar completo y de la misma forma que hemos sido de los menos igualitarios entre los países europeos, una vez que los poderes financieros han decidido privatizar el bienestar, también somos de los más desigualitarios, de los más pobres y de los más injustos.

LA EXTREMA DERECHA CRECE PORQUE SE LA DEJA CRECER

Publicado en eldiario.es el 24 de mayo de 2014


En los últimos días se han publicado varios artículos que tratan de explicar el auge de la extrema derecha en Europa. Después de las primeras elecciones en Holanda y Reino Unido, es posible que el crecimiento augurado no sea tan grande como se esperaba y que, afortunadamente, la gente no caiga en sus trampas con tanta facilidad como parecía; aun así es evidente que están ahí, que son muchos y que crecen. Esta semana, el primero en escribir sobre esta cuestión ha sido Ignacio Ramonet, que  publicaba en Le Monde Diplomatique un artículo titulado “¿Por qué sube la extrema derecha en Europa?”. En este artículo Ramonet desgrana algunas de las razones de esta subida, razones que son bien conocidas para cualquier comentarista político. No se puede pasar por alto que una gran parte de este voto es un voto de clase trabajadora y que proviene de la izquierda, de una izquierda que ha abandonado a sus votantes. Y mientras la izquierda se iba, los partidos de extrema derecha, como bien señalan también todos los analistas, han ido ocultando convenientemente sus aspectos más brutales y más racistas, se han esforzado en presentar su cara más asumible, de manera que mucha gente puede ignorar o no sentirse concernida por aquellas cuestiones más incómodas.

En un momento en que el neoliberalismo está desbocado y se clava de manera extraordinariamente dolorosa en las vidas de la gente, nos encontramos a una izquierda que en una Europa que se llena de pobres, ha borrado la palabra “capitalismo” de su vocabulario político. Los partidos de la izquierda institucional pactan a menudo con la derecha, se empeñan en apelotonarse en el centro y reniegan de la lucha radical por la justicia social. De manera nada sorprendente la extrema derecha se apropia de esas banderas y oculta sus verdaderas intenciones. Estas son algunas de las claves que todo el mundo menciona, pero hay otra. Al final de su artículo Ramonet nos recuerda 1930 y hace la siguiente pregunta: “¿Qué esperan los partidos democráticos para reaccionar?” Y aquí nos encontramos con otro aspecto que él no menciona, pero que tiene su importancia. No todos los partidos que se dicen democráticos lo son de verdad y hay algunos de entre ellos que no van a reaccionar porque no quieren hacerlo.

Los partidos de extrema derecha crecen porque la derecha institucional, supuestamente democrática y centrista, no sólo les deja crecer, sino que en parte les alienta, aunque sea de manera más o menos subrepticia; esto es porque les reconoce como de los suyos. Hay una parte de la derecha institucional que acepta la democracia porque es lo que toca en este tiempo histórico, pero ni cree en ella ni está dispuesta a defenderla.  ¿Cómo va a ser demócrata la derecha –en España casi el PP en pleno- que no condena el franquismo, que permite, tolera e incluso aplaude símbolos franquistas, que se niega a cambiar los nombres de dictadores o generales fascistas? No hay ni un ápice de espíritu democrático en esa derecha. Si esta gente está en el PP y no en la extrema derecha extraparlamentaria es sólo porque el PP es un instrumento mucho más útil para ocupar las instituciones y por tanto el poder directo.

La extrema derecha tiene comportamientos, actitudes y una ideología nada secreta que usando las mismas leyes que se nos aplican a los demás, convertirían a una parte de ella en ilegal o, al menos, en objeto de las mismas multas o sanciones que recibimos ya muchos de nosotros y nosotras por acudir a una protesta pacífica. Es evidente que la extrema derecha se mueve casi en la absoluta impunidad. El hijo de Tejero acaba de ser restituido en su puesto después de celebrar el golpe de estado. Y los insultos de carácter racista, homófobo o las amenazas o injurias proferidas en las redes contra personas de izquierdas nunca son perseguidas. Alegrarse del asesinato de alguien de izquierdas no merece ningún reproche penal, hacer lo mismo de alguien de derechas te puede llevar a la cárcel. Es obvio que hay una doble vara de medir las opiniones extremistas. Pero esta doble vara llega al punto de que ya no hace falta ser un extremista partidario de la violencia para resultar multado o amonestado. A ojos de quienes nos gobiernan, protestar pacíficamente contra este sistema desde posiciones que podríamos identificar como de izquierdas, puede ser un delito. Amenazar, injuriar, usar la violencia, intimidar, hacer apología de la violencia o del asesinato desde posiciones de extrema derecha, no supondrá reproche penal alguno.

La derecha ve a la extrema derecha como a unos chicos revoltosos y puede que gritones, pero al fin y al cabo, de los suyos. Para esta derecha institucional, la extrema derecha es funcional porque en ciertas situaciones límite, como ahora, puede ser útil para recoger votos de izquierdas con un discurso radical que para ellos, para la derecha institucional, no es preocupante ni amenazante. Lo que hará esta derecha es lo que hace aquí: limitar, presionar, acorralar a la izquierda radical pacífica y dejar hacer a la extrema derecha. La derecha sabe muy bien que por mucho que Le Pen ataque el capitalismo, Le Pen no es anticapitalista y jamás va a suponer una amenaza para el sistema, así que bienvenidos sean sus discursos encendidos que pueden servir para dificultar el crecimiento de un auténtico discurso anticapitalista, siempre más complejo por otra parte. La derecha europea ya hizo lo mismo con el nazismo, lo alentó porque no veían en él ningún peligro y porque el único peligro que les inquietaba era el comunismo; bienvenido era cualquier cosa que pareciera parar a aquel. Finalmente el nazismo se lo llevó todo por delante…aunque no tanto.  Incluso el nazismo, cuya capacidad destructiva nos parece casi infinita, ofreció enormes oportunidades de negocio a las grandes corporaciones de entonces, que se aprestaron a aprovechar el negocio de la guerra o de los campos de concentración, lo mismo les dio.

Así que no nos engañemos, por más que seguramente haya mucha gente auténticamente antifascista y demócrata en la derecha institucional europea o, en nuestro caso, en el PP, lo cierto es que estos partidos no tienen interés en combatir a la extrema derecha con todos los medios que la democracia pone a su alcance. Para la derecha la democracia es una circunstancia histórica a la que se adaptan,  pero su auténtico espíritu es la defensa de su clase.  Y ven a la extrema derecha como a un aliado, puede que incómodo a veces, pero aliado.

 



TARJETAS OPACAS: PAGO POR LOS SERVICIOS PRESTADOS

Publicado en eldiario.es el 17 de octubre de 2014


«En aquellos años parecía que el dinero era infinito»,  explica un analista de El País sobre cómo se pudo producir el caso de las tarjetas opacas. Al principio parece una frase ajustada a lo que pasó. Tal y como dice Íñigo de Barrón podríamos tener la sensación de que, efectivamente, hubo unos años en los que parecía que el dinero era infinito. Pero esa es una imagen trampa de la realidad. Es una idea que se repite para que esa repetición termine construyendo una realidad que no ha existido nunca. Al leer esa frase yo me detuve a pensar: ¿Ha existido algún momento en el que yo pensara que el dinero era infinito? ¿Tengo algún conocido o amigo que pensara que el dinero era infinito? ¿Hemos hecho nosotros uso del dinero como si fuera infinito? Esa idea del dinero infinito que ahora muchos utilizan como explicación de tantas cosas es el equivalente del «hemos vivido por encima de nuestras posibilidades».

Que no nos engañen, lo de Bankia no es fruto de una mala gestión sino de un determinado modelo de gestión política del dinero. El dinero no era infinito, pero el expolio estaba perfectamente planificado y sistematizado, y no sólo en Caja Madrid. Las tarjetas opacas son, simplemente, el pago por los servicios prestados, es decir, por el silencio y el dejar hacer; se trata del pago a los colaboradores necesarios. Cuando el neoliberalismo se dispuso a conquistar el control absoluto sobre los mercados y sobre todo lo que era común o público (la sanidad, la educación, las pensiones, los ahorros, las ayudas sociales…; la electricidad, el agua, el gas, el transporte… el espacio público, las calles, la cultura…) hubo de apartar a los encargados de custodiar estos bienes: los políticos elegidos democráticamente. Y nada mejor que comprarles, sobornarles. Permitirles tener acceso a la riqueza.

En los últimos 30 años lo que hemos visto es que los políticos con capacidad real de decisión entran directamente en el club de los millonarios. Bien legalmente, con la entrada directa en los consejos de administración, en un falso circuito de conferencias o de autoexplotación del propio nombre cobrando cantidades astronómicas, o como supuestos consejeros cuyos consejos se supone que valen millones. Nada de eso es real. Ni Felipe González sabe nada de energía, ni los consejos de Aznar valen un euro (no es más que un presuntuoso ignorante) ni una conferencia de Blair o Zapatero vale lo que se paga por ellas. Es un mundo ficticio, nada de eso guarda ninguna relación con la realidad. Se trata, simplemente, del pago por los servicios prestados. Es el pago por hacer políticas que poco a poco han ido socavando el control democrático de la economía y la han convertido en un espacio de totalitarismo empresarial y financiero. La otra manera es la ilegal, aunque de una ilegalidad tan blanda que más bien parece una incitación. Tráfico de influencias, cobro de comisiones, desvío del dinero público… Son acciones ilegales pero difíciles de probar, absolutamente extendidas en las propias organizaciones y que conllevan penas tan bajas que claramente compensan. Las tarjetas opacas de Caja Madrid entran en una categoría difusa. ¿Eran legales o sólo inmorales? Si eran inmorales, ¿lo eran por la cuantía o la categoría de los gastos? ¿Quién es más responsable: el que las dio, el que las usó o quienes lo permitieron? Y, sobre todo, ¿qué otras empresas u organismos públicos o con participación pública, sindicatos, partidos…entregan a sus directivos, consejeros o personal, tarjetas de crédito, dietas exageradas, regalos? ¿Qué salarios tienen esas personas? ¿Por hacer exactamente qué? ¿Qué responsabilidad tienen los partidos o sindicatos en conocer/no conocer la cuantía de estos sueldos, estos regalos, estas prebendas?

Las tarjetas opacas de Caja Madrid no son nada extraordinario dentro del sistema. Formaban parte de la retribución normal de los consejeros. En realidad, son el pago a supuestos socialistas, supuestos comunistas y supuestos sindicalistas, además de a los suyos, por callarse. Por no plantear una sola duda, una sola pregunta, una sola crítica a las políticas o actuaciones de los responsables de la caja. Unos tenían más prebendas que otros, pero allí callaron todos. Nos están mareando con la lista de gastos de los poseedores de las tarjetas pero el consejo de Caja Madrid estaba compuesto por mucha gente supuestamente capaz y avezada que parece que nunca vio nada extraño ni inmoral, ni indecente, ni pernicioso en su administración. Unos callaban porque ya tenían tarjeta y supongo que muchos otros tenían dietas, créditos ventajosos, prebendas variadas, regalos, créditos blandos… o, simplemente, tenían la esperanza de llegar a algún otro consejo de administración. De consejos de administración está el mundo lleno.

Los partidos y los sindicatos se hacen ahora los muy sorprendidos e indignados, que es lo que toca. Pero dado que todas estas personas estaban en Caja Madrid, y que hay políticos en muchas otras empresas públicas y que acceden a éstas por su militancia en esos partidos y sindicatos… ¿No tiene la obligación el partido o el sindicato de conocer las dietas, los sueldos, los regalos que sus representantes (aunque no lo sean legalmente) cobran? Por supuesto que sí, pero jamás quisieron saber o quizá sabían de sobra. Estar en un consejo de administración es un premio y eso incluye todo lo que esa pertenencia lleva aparejada.

La política se ha convertido en una de las pocas maneras que tiene una persona corriente, de familia de clase media, de hacerse rica, incluso inmensamente rica. Mientras esa posibilidad siga abierta estaremos en manos de quienes pagan para comprar voluntades y políticas. Para poder rescatar la democracia hay que romper la alianza entre poder financiero y política. La única manera es poner cortafuegos efectivos y dar a la ciudadanía la capacidad de revocar el mandato a quienes dejan de representarla para representar los intereses de las empresas. Asegurarse de que sólo entran en política personas que verdaderamente quieren servir al bien común y no les importa dedicar a ello su capacidad, su tiempo y su esfuerzo; que no les importa, incluso, ganar menos de lo que ganarían en la empresa privada.

Decir que si no hay un sueldo elevado nadie se metería en política y se perdería así los mejores talentos es otro de los mitos no demostrados del capitalismo; como el de que quien trabaja y se esfuerza termina ganando dinero o el de que los muy ricos no roban. La realidad es que la política y las empresas están llenas de incapaces, mediocres y ladrones. Puede que hubiera un tiempo en el que hiciera falta inteligencia o brillantez, además de decencia personal, para alcanzar puestos de relevancia política, pero hoy es lo contrario. Y, sin embargo, el mundo está lleno de políticos y políticas no profesionales; gente que dedica lo mejor de sí para mejorar la vida de todos y todas, buenos políticos: son los y las activistas políticos y/o sociales. Gente hay. Lo que falta es que estas personas, críticas con el poder, coherentes con sus ideales, y no personalmente ambiciosos ni corruptos, tengan acceso a los puestos de poder en los partidos políticos o en los sindicatos. Lo que falta también es un control democrático real por parte de la ciudadanía de los procesos de elección de sus representantes, así como capacidad para revocarlos cuando falten a su mandato. Falta también legislación destinada a controlar los conflictos de interés que surjan entre los políticos y las empresas o el mundo del dinero y, desde luego, faltan penas verdaderamente disuasorias y ejemplarizantes. Por ahora no hay ninguna voluntad de imponer nada de esto porque los que ahora están al mando, aquí y en Europa, ya son empleados de las grandes empresas. Y además, o quizá precisamente por esto, son los peores. Si no fuera por su origen social privilegiado, por su carrera como «pelotas», por su absoluta falta de escrúpulos, la mayoría de las personas que hoy ostentan poder político, empresarial e incluso cultural, no serían nada.

Que no nos confundan con la lista de gastos. Lo de Caja Madrid es la punta del iceberg de un sistema podrido.



LA PROSTITUCIÓN TIENE QUE VER CON LA IGUALDAD, NO CON EL SEXO

Publicado en eldiario.es el 7 de marzo de 2014

El eterno debate sobre la prostitución arrecia de nuevo y en las últimas semanas nos han llegado varias noticias: cooperativas, debates en televisión, clases de prostitución y, hace un par de semanas una resolución del parlamento europeo que me parece que va en la buena dirección.

EL ECLIPSE ERA POLÍTICO

Imagino a las comentaristas de derechas diciendo: “¡Ahora resulta que hasta el eclipse es woke!” O bien: “¡La atención al eclipse es cosa de...