Publicado en eldiario.es el 22 de octubre de 2016
Hace unos días que la cara sonriente, feliz, ilusionada, de la adolescente Lucía Pérez me ronda por la cabeza. Hubiera preferido no ver su cara, ni su sonrisa. Hubiera preferido no poder imaginarla, no poder imaginar que estuvo viva, que sonreía, que era feliz (a ratos, supongo) y que le quedaba toda la vida por delante. Hubiera preferido no encarnar ese dolor, no ponerle cara, ni sonrisa al horror. Pero el horror nos llegó con la sonrisa de Lucía y ahora a mí me es imposible quitármela de la cabeza. Un hombre y su hijastro la raptaron, la drogaron, la violaron anal y vaginalmente y finalmente le metieron un palo por el ano. Ella murió de un paro cardíaco producido por el dolor y el miedo.