SE PUEDE SER FEMINISTA Y PERREAR? Entrevista (Laura Luego)

 

La polémica empezó en un concierto, pero en realidad habla de algo mucho más profundo. Bastó que miles de personas observaran lo que ocurría en ‘La Casita’, el espacio privilegiado que Bad Bunny incorpora a sus espectáculos y al que acceden celebridades, personas con estatus y mujeres seleccionadas por su imagen, para que reapareciera una discusión recurrente dentro y fuera del feminismo. ¿Es compatible defender la igualdad y, al mismo tiempo, disfrutar de expresiones culturales que reproducen dinámicas de desigualdad, cosificación o privilegio?

La pregunta, sin embargo, quizá esté mal formulada. O al menos eso sostienen algunas de las voces consultadas, que consideran que el foco del debate vuelve a situarse sobre las mujeres y sus decisiones individuales en lugar de sobre las estructuras que hacen posibles esos fenómenos.La activista y feminista Beatriz Gimeno cree que la discusión refleja una deriva preocupante. “Tradicionalmente el moralismo estuvo en la derecha y la transgresión en la izquierda. Ahora es al revés y eso, llevado al extremo, hace que determinados espacios de izquierdas sean inhabitables”, señala. En su opinión, una parte del feminismo ha terminado atrapada en dinámicas de vigilancia moral que olvidan uno de sus principios fundamentales: analizar las estructuras de poder antes que juzgar las conductas individuales.

Bad Bunny durante su actuación en la Super Bowl 2026
Bad Bunny durante su actuación en la Super Bowl 2026

La trampa de la coherencia absoluta

La controversia alrededor de Bad Bunny ha servido para reactivar una exigencia que muchas feministas consideran imposible de cumplir: La coherencia total. Gimeno sostiene que el feminismo nunca ha consistido en examinar cada decisión de las mujeres bajo un microscopio moral, sino en cuestionar las condiciones sociales en las que esas decisiones se producen. “Claro que es compatible ser feminista y perrear o disfrutar de artistas que reproducen dinámicas de desigualdad porque la mayoría del arte, del entretenimiento y de la literatura lo hace y disfrutamos de ello”, afirma.

Una reflexión similar plantea Carolina Pulido, experta en género, que rechaza la idea de una especie de pureza ideológica obligatoria para las feministas. “Vivimos en el mundo que nos ha tocado vivir, con todas sus contradicciones, y las habitamos igual que el resto. Eso significa que puedes disfrutar del perreo y, al mismo tiempo, tener una mirada crítica sobre las dinámicas que reproduce. Una cosa no invalida la otra”, explica.

Ambas coinciden en que el debate revela una presión específica sobre las mujeres feministas. Mientras otras corrientes ideológicas conviven habitualmente con contradicciones sin demasiada atención pública, las feministas parecen obligadas a justificar permanentemente sus gustos, consumos culturales o formas de ocio.


“Muchas veces da la sensación de que se está más pendiente de encontrar contradicciones que de debatir las ideas de fondo”, señala Pulido. A su juicio, ese desplazamiento del debate beneficia especialmente a quienes buscan desacreditar al movimiento feminista mediante la exposición constante de supuestas incoherencias individuales.

La figura de Bad Bunny



 La figura de Bad Bunny ocupa un lugar central en esta discusión porque no encaja fácilmente en los moldes tradicionales de la masculinidad presentes en gran parte de la música urbana. El artista puertorriqueño ha mostrado públicamente posiciones favorables a determinadas causas sociales, ha cuestionado algunos códigos de género y ha defendido expresiones de sexualidad alejadas del machismo más explícito que históricamente ha caracterizado a ciertos sectores del reguetón.


Pero para muchas analistas ese aspecto no lo convierte automáticamente en un referente moral. “Casi todos los avances culturales son contradictorios. Nadie es perfecto ni representa un modelo ideal”, sostiene Pulido. Aunque reconoce que determinados gestos del cantante han contribuido a ampliar los márgenes de la masculinidad tradicional, considera que eso no elimina la posibilidad de criticar otras prácticas presentes en su universo artístico.

La casita de Bad Bunny.

Gimeno se muestra aún más cauta. “No sé si Bad Bunny desafía estereotipos de género; unos sí y otros en cambio los reafirma. Yo no le pondría de ejemplo en cuanto al género, lo que no quiere decir que no lo disfrutes”, apunta. La cuestión, por tanto, no parece ser si el artista es feminista o no, sino si resulta razonable exigir a cualquier figura pública una coherencia política absoluta en un contexto atravesado por intereses comerciales, contradicciones culturales y dinámicas propias de la industria del entretenimiento.


Las mujeres en el punto de mira



Uno de los elementos que más ha llamado la atención durante esta polémica es la rapidez con la que la conversación ha girado hacia las mujeres que participan en ‘La Casita’. El fenómeno ya fue señalado por la Redactora jefa de Género del eldiario.es, Ana Requena, en una reflexión que ha circulado ampliamente durante los últimos días. Según su análisis, ‘La Casita’ no inventa ninguna lógica nueva. Reproduce mecanismos presentes en numerosos espacios sociales donde el dinero, el estatus o la apariencia física funcionan como criterios de acceso y reconocimiento.

La pregunta entonces cambia de dirección: si esas dinámicas existen en múltiples ámbitos de la vida cotidiana, ¿Por qué generan tanto escándalo precisamente aquí? Para Pulido, la respuesta tiene que ver con una tendencia persistente a juzgar a las mujeres con mayor severidad. “Es mucho más fácil señalar a las mujeres que participan en determinados espacios que preguntarse qué estructuras hacen posible que esos espacios existan o quién se beneficia de ellos”, afirma.

Gimeno coincide en esa lectura. “Siempre se critica a las mujeres, hagan lo que hagan”, resume. Y añade una advertencia especialmente dirigida a quienes utilizan este tipo de polémicas para cuestionar al feminismo: “Yo no criticaría a ninguna mujer y mucho menos si eres un hombre que jamás se ha preocupado del feminismo”.

Placer sin renunciar a la crítica



Quizá la aportación más interesante que deja esta discusión tenga que ver con una cuestión que atraviesa al feminismo desde hace décadas: la relación entre emancipación, sexualidad y placer. Lejos de plantear una elección entre crítica o disfrute, las voces consultadas defienden la posibilidad de sostener ambas cosas al mismo tiempo. Disfrutar de una canción, bailar reguetón o asistir a un concierto no implica necesariamente renunciar al análisis de los mensajes, las jerarquías o las desigualdades que puedan estar presentes en ese contexto.

Para Gimeno, precisamente ahí existe una tarea pendiente. “Al feminismo contemporáneo le falta pensar el placer y la sexualidad, o más bien volver a pensar en ello. Le falta una agenda sexual y una crítica a la sexualidad patriarcal que no pase por renunciar a nada”, sostiene.

La idea conecta con una realidad difícil de ignorar: la vida cotidiana transcurre en sociedades atravesadas por el machismo, el capitalismo y múltiples formas de desigualdad. Pretender una coherencia perfecta dentro de ese marco puede terminar convirtiéndose en una forma de rigidez moral más que en una herramienta de transformación. “No es posible vivir de manera completamente coherente”, concluye Gimeno. Pulido comparte esa visión y recuerda que “la coherencia absoluta no existe”. Lo relevante, sostienen ambas, no es eliminar todas las contradicciones, sino reconocerlas, analizarlas y evitar que se conviertan en una excusa para dejar de cuestionar las estructuras que las producen.

Publicado en Artículo14

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