La polémica empezó en un concierto, pero en realidad habla de algo mucho más profundo. Bastó que miles de personas observaran lo que ocurría en ‘La Casita’, el espacio privilegiado que Bad Bunny incorpora a sus espectáculos y al que acceden celebridades, personas con estatus y mujeres seleccionadas por su imagen, para que reapareciera una discusión recurrente dentro y fuera del feminismo. ¿Es compatible defender la igualdad y, al mismo tiempo, disfrutar de expresiones culturales que reproducen dinámicas de desigualdad, cosificación o privilegio?


